Acerca cuatro copas a la nariz.
Un Sauvignon Blanc puede sugerir toronja, maracuyá o guayaba. Un Syrah de clima fresco puede mostrar una línea nítida de pimienta negra. Un Chardonnay puede recordar a mantequilla, tostado y vainilla. Un tinto con años de botella puede alejarse de la fruta fresca y acercarse a hojas secas, tabaco, cuero o tierra.
Nada de eso tuvo que entrar en la bodega.
Nadie exprimió una toronja dentro del depósito. No se molieron granos de pimienta junto con las uvas. Tampoco se escondió una vaina de vainilla en la barrica.
Entonces, ¿cómo llegaron esos aromas hasta la copa?
En el artículo anterior del Cellar Journal exploramos por qué un aroma puede resultarnos completamente familiar y, aun así, resistirse a recibir un nombre. Esta vez seguiremos el recorrido en sentido contrario: no desde la nariz hasta el lenguaje, sino desde la uva hasta la copa.
La idea central: el aroma del vino se construye; no llega completo desde la uva. La fruta aporta algunos compuestos olorosos y numerosos precursores silenciosos; los microorganismos liberan y crean otros; el roble y el oxígeno incorporan o transforman señales; el tiempo reorganiza su equilibrio; y el propio vino condiciona lo que finalmente alcanza nuestra nariz.
Un vino no huele como una lista de ingredientes
El primer error consiste en imaginar que cada descriptor corresponde a un ingrediente escondido.
El aroma del vino depende en gran medida de compuestos volátiles: moléculas capaces de pasar del líquido al aire situado sobre la copa y alcanzar el sistema olfativo. Sin embargo, la simple presencia química de un compuesto no garantiza que podamos percibirlo.
Debe encontrarse en una concentración relevante. Además, su umbral de detección puede cambiar según el vino. El etanol, el azúcar, el glicerol, los compuestos fenólicos y otros componentes influyen en la manera en que las moléculas volátiles se distribuyen hacia el espacio de cabeza sobre el líquido (Robinson et al., 2009).
Los compuestos también interactúan. Uno puede reforzar, ocultar o transformar la percepción de otro. Estudios realizados en matrices de vino han mostrado que una mezcla puede producir efectos sensoriales imposibles de predecir observando cada componente por separado (McKay et al., 2020).
Esta distinción importa.
El modelo útil no es:
una molécula → una palabra aromática perfecta
Se parece más a esto:
muchos compuestos + matriz del vino + concentración + temperatura + aire + sensibilidad individual → una impresión sensorial que evoluciona
Por eso, un descriptor como mora, tostado o cuero es una pista sobre lo percibido. Por sí solo no demuestra la presencia de una molécula específica, una técnica concreta ni una etapa exacta de elaboración.
La uva llega con dos inventarios aromáticos

La uva aporta mucho más que azúcar y acidez.
Una distinción científica útil separa el aroma actual de la uva de su aroma potencial. El primero incluye compuestos odorantes que ya se encuentran en forma volátil. El segundo incluye sustancias que pueden ser inodoras, débilmente aromáticas o permanecer químicamente unidas hasta que la fermentación, la crianza o incluso ciertas condiciones en la boca las liberen o transformen (Ferreira y López, 2019; Parker et al., 2018).
En otras palabras, una baya puede contener tanto una partitura visible como música que todavía no ha comenzado a sonar.
Algunos aromas ya están escritos en la baya
Determinados compuestos de origen varietal pueden contribuir de forma reconocible incluso antes de que la fermentación realice la mayor parte de su trabajo.
Los monoterpenos —entre ellos compuestos como el linalool y el geraniol— tienen especial importancia en variedades aromáticas y pueden aportar impresiones florales y cítricas. En la uva, los terpenoides pueden encontrarse libres y volátiles o unidos a azúcares en formas no volátiles (Black et al., 2015).
La rotundona ofrece un ejemplo extraordinariamente claro. Investigadores la identificaron como una contribuyente importante al carácter de pimienta negra presente en algunas uvas y vinos de Syrah o Shiraz (Wood et al., 2008). El vino no recuerda a pimienta porque alguien haya añadido la especia. Un sesquiterpeno procedente de la uva puede generar una señal sensorial estrechamente relacionada.
Las metoxipirazinas son otro ejemplo. Compuestos como la 2-metoxi-3-isobutilpirazina pueden aportar recuerdos de pimiento verde o hierbas en determinadas variedades, y su acumulación depende en parte del genotipo y de las condiciones del viñedo (Koch et al., 2010).
Son señales auténticamente vinculadas a la materia prima. Incluso así, lo que percibimos depende de la concentración, del resto del vino y de nuestra sensibilidad individual.
Otros aromas llegan en silencio
Algunos de los aromas más reconocibles del vino comienzan como precursores que no huelen igual que el vino terminado.
El Sauvignon Blanc es el ejemplo clásico. Varios compuestos relacionados con maracuyá, toronja, guayaba o boj pueden liberarse durante la fermentación a partir de precursores no volátiles presentes en el mosto. La investigación ha demostrado directamente la existencia de enzimas de la levadura capaces de liberar estos tioles aromáticos (Holt et al., 2011).
La uva aporta un potencial. La levadura ayuda a volver perceptible una parte de ese potencial.
Un principio parecido se aplica a los precursores aromáticos unidos a azúcares. La fracción aromática de la molécula puede permanecer enlazada y contribuir poco o nada al olor hasta que reacciones químicas o enzimáticas la liberen (Parker et al., 2018).
Por eso, las categorías conocidas como aromas primarios, secundarios y terciarios son prácticas para enseñar, pero imperfectas como fronteras químicas rígidas. Un carácter que consideramos “varietal” puede necesitar actividad microbiana para volverse volátil. Un compuesto nacido en la uva puede adquirir importancia sensorial durante la fermentación o la evolución en botella.
El aroma del vino suele tener una autoría compartida.
El viñedo redacta el primer borrador, no el manuscrito final
La variedad importa, pero no funciona como un guion aromático que se repite sin cambios.
La genética influye en los compuestos y precursores que una vid puede producir. El entorno determina cuánto se acumula, sobrevive o cambia antes de la vendimia. La madurez, la exposición solar, el estado hídrico, la arquitectura de la canopia, la temperatura, la presión de enfermedades y la presencia de partes vegetales durante la elaboración pueden modificar el material que llega a la bodega (Robinson et al., 2014).
En Cabernet Sauvignon, por ejemplo, se ha estudiado la relación entre conducción de la vid, exposición solar, maduración y concentración de metoxipirazinas en uvas, mosto y vino (Sala et al., 2004). Un trabajo más reciente mostró que el raquis puede aportar metoxipirazinas y carácter verde en un contexto donde las bayas no fueron la fuente detectada (Capone et al., 2022).
La conclusión prudente no es que una práctica vitícola siempre produzca un aroma determinado.
Es que el viñedo delimita un campo de posibilidades.
La bodega recibe fruta con una combinación particular de compuestos volátiles, precursores, ácidos, azúcares, nutrientes, fenoles, microorganismos y tejidos físicos. La fermentación no comienza sobre una página en blanco, pero tampoco se limita a fotocopiar la uva.
La levadura no es un mensajero. Es un taller

A veces hablamos de la levadura como si simplemente transportara el aroma de la uva hasta el vino.
Ese papel sería demasiado pasivo.
Durante la fermentación alcohólica, la levadura convierte el azúcar en etanol y dióxido de carbono, pero también produce o modifica numerosos compuestos relevantes para el aroma: ésteres, alcoholes superiores, compuestos carbonílicos, ácidos grasos volátiles y sustancias azufradas. Levaduras y bacterias también pueden liberar aromas de origen varietal a partir de precursores no volátiles (Swiegers et al., 2005).
Esa es una razón por la que un vino recién fermentado puede mostrar una fruta intensísima aunque el mosto original no oliera del mismo modo.
Muchos ésteres formados durante la fermentación pueden sugerir banana, pera, manzana, piña o una fruta joven más general. Su expresión final depende de mucho más que el nombre de la levadura. La cepa, la temperatura, la disponibilidad de nutrientes, el oxígeno, la composición del mosto y las decisiones de fermentación pueden modificar el perfil.
Incluso en Sauvignon Blanc, las cepas comerciales difieren en su capacidad para liberar tioles volátiles desde precursores de la uva, y la temperatura de fermentación puede influir (Howell et al., 2004).
La palabra más precisa es transformación, no transporte.
La uva establece las condiciones. La levadura las interpreta y las reescribe.
La fermentación maloláctica puede redibujar el estilo
Después de la fermentación alcohólica, muchos vinos atraviesan una fermentación maloláctica, normalmente impulsada por bacterias lácticas como Oenococcus oeni.
En su explicación más sencilla, el proceso convierte el ácido málico, de carácter más punzante, en ácido láctico, de sensación más suave. Pero sus consecuencias sensoriales pueden ir más allá de la acidez.
El diacetilo —asociado con mantequilla, caramelo de mantequilla o frutos secos— puede aparecer mediante el metabolismo bacteriano durante y después de la fermentación maloláctica. Su concentración final depende de factores como el oxígeno, las condiciones de óxido-reducción, el dióxido de azufre y el metabolismo microbiano (Nielsen y Richelieu, 1999).
Eso no significa que todo vino que completa la maloláctica huela a mantequilla.
Tampoco una nota mantecosa demuestra que el vino pasó por roble.
El diacetilo puede resultar evidente, integrado, oculto, reducido o quedar por debajo del umbral de percepción según su concentración y la matriz. Un enólogo puede buscar un estilo más redondo y textural sin producir una copa que recuerde a mantequilla derretida.
La etapa de elaboración y el descriptor están relacionados, pero no son intercambiables.
El roble aporta más que vainilla y menos certeza de la que solemos asumir

El roble puede contribuir una familia aromática reconocible: vainilla, coco, clavo, tostado, humo, especias dulces, madera, café o caramelo.
Estas asociaciones surgen de múltiples compuestos extraídos del roble o formados durante su secado y tostado, entre ellos lactonas del roble, vainillina, eugenol, guayacol y compuestos relacionados con el furfural. Estudios con Chardonnay y Cabernet Sauvignon criados en barrica han relacionado la composición volátil derivada del roble con características sensoriales, pero también muestran que esas relaciones dependen del vino y de la combinación de compuestos presentes (Spillman et al., 2004).
Sin embargo, “vainilla” no es un informe forense.
A partir de una nota de cata, normalmente no podemos identificar con certeza:
- la especie exacta de roble
- el bosque de origen
- el nivel de tostado
- si se utilizaron barricas, duelas, chips u otro formato permitido
- la edad del recipiente
- el tiempo de contacto
El origen del roble, el secado, la tonelería, el volumen, el tostado, la reutilización, el tiempo, el oxígeno y la propia matriz del vino pueden cambiar el resultado.
Un descriptor puede apoyar una hipótesis de elaboración razonable. Rara vez demuestra por sí solo toda la historia productiva.
Las lías pueden influir, pero “brioche” no es un cronómetro
Los espumosos elaborados por método tradicional suelen describirse con pan, pastelería, tostado, levadura, frutos secos o brioche. Estas notas se relacionan habitualmente con la segunda fermentación y la crianza sobre lías: los restos de levadura que permanecen en contacto con el vino.
La relación es razonable, pero puede simplificarse demasiado.
Un estudio de 2022 separó los efectos del envejecimiento, el contacto con lías y la segunda fermentación durante 24 meses. El tiempo influyó fuertemente en la evolución de compuestos procedentes de la fermentación y asociados con la oxidación, mientras que la contribución atribuida específicamente a la autólisis de las levaduras fue menos dominante de lo esperado durante el periodo estudiado (Sawyer et al., 2022).
La lección no es que las lías no importen.
Es que brioche no funciona como un reloj preciso. El aroma maduro de un espumoso puede reflejar el vino base, la segunda fermentación, las lías, el manejo del oxígeno, la disminución de ésteres frutales, la aparición de aldehídos perceptibles y el paso del tiempo.
Otra vez, el descriptor puede tener más de un autor.
La botella no duerme
Una botella cerrada parece inmóvil, pero su química continúa evolucionando.
Durante la crianza, algunos compuestos asociados con la juventud disminuyen. Otros se liberan de precursores, se transforman, quedan ocultos, vuelven a hacerse perceptibles, se oxidan, se reducen o se reorganizan mediante reacciones lentas. La cantidad de oxígeno presente al embotellar y transmitida por el cierre puede modificar de forma importante esa evolución aromática (Ugliano, 2013).
Así se entiende que un vino pueda desplazarse:
- de fruta fresca hacia fruta seca o en conserva
- de flores brillantes hacia miel, infusiones o té
- de una fruta fermentativa sencilla hacia complejidad de frutos secos, notas sabrosas, tierra o tabaco
El término educativo aroma terciario resulta útil, pero no debería sugerir que el envejecimiento añade el mismo catálogo de olores a todos los vinos.
Cada vino evoluciona por rutas químicas diferentes. Influyen el cierre, la temperatura, el oxígeno, el pH, el dióxido de azufre, la estructura fenólica, la composición aromática inicial y la historia de almacenamiento.
Y la edad no equivale automáticamente a calidad.
Un vino puede desarrollarse con belleza, permanecer cerrado, perder fruta, oxidarse, adquirir olores reductivos o simplemente superar el punto de equilibrio que una persona disfruta.
Algunos aromas forman parte del estilo. Otros son señales de advertencia
La misma familia sensorial puede resultar atractiva a un nivel y distraer a otro.
Un humo tenue puede aportar complejidad. Un carácter quemado o medicinal dominante puede ocultar el vino. Una pequeña cantidad de acidez volátil puede elevar la fruta; demasiada puede recordar intensamente a vinagre o disolvente. Una nota azufrada leve puede desaparecer con aire; un olor intenso a sulfuro de hidrógeno o mercaptanos puede imponerse sobre toda la copa.
El Australian Wine Research Institute documenta defectos comunes y subraya que los umbrales de percepción varían tanto entre individuos como según el estilo y la estructura del vino (AWRI, Wine flavours, faults and taints).
Brettanomyces ofrece un buen ejemplo. Los compuestos asociados pueden generar impresiones medicinales, de curita adhesiva, humo, especias o establo. Históricamente, algunos consumidores han tolerado cierto carácter rústico en determinados estilos; cuando domina, puede ocultar la fruta y los detalles de origen. El AWRI señala que el umbral sensorial de compuestos clave asociados con Brett cambia según el estilo y la matriz del vino (AWRI, Brettanomyces FAQ).
La pregunta útil no es simplemente:
¿Este compuesto es bueno o malo?
Conviene preguntar:
¿Qué está haciendo esta impresión dentro de este vino, con esta intensidad, y cómo afecta su equilibrio?
Ningún aroma tiene un solo autor
Regresemos a las copas del comienzo.
La toronja o el maracuyá de un Sauvignon Blanc pueden depender de precursores inodoros de la uva, genética de la levadura, condiciones de fermentación, otros compuestos frutales y la matriz que los transporta.
La pimienta negra de un Syrah puede mantener una conexión fuerte con la uva mediante la rotundona, mientras el clima, el viñedo, la madurez y la sensibilidad de cada persona modifican su claridad.
La mantequilla de un Chardonnay puede apuntar al diacetilo relacionado con la fermentación maloláctica, no necesariamente al roble.
La vainilla y el tostado pueden sugerir crianza con madera, pero no permiten reconstruir por sí solos el programa de barricas.
La fruta seca, el tabaco o la tierra de un tinto evolucionado pueden surgir de una larga secuencia de cambios químicos y no de una única “molécula de envejecimiento”.
Los aromas son reales.
Las historias simples sobre su origen casi nunca lo son.
| Lo que percibes | Contribuyentes plausibles | Lo que no demuestra por sí solo |
|---|---|---|
| Flores o cítricos | Terpenos libres de la uva, precursores unidos, fermentación, interacciones | Que se añadieron flores o cítricos |
| Maracuyá, guayaba, toronja | Precursores tiólicos de la uva, liberación por levaduras, ésteres de fermentación, efectos de matriz | Que el aroma pertenece por completo a la uva o por completo a la levadura |
| Pimiento verde o hierbas de hoja | Metoxipirazinas de bayas u otros tejidos, madurez, extracción, ocultamiento o refuerzo por otros volátiles | Que el vino esté automáticamente defectuoso o que la uva estuviera simplemente “verde” |
| Pimienta negra | Rotundona y la matriz aromática que la rodea | Que se añadió especia |
| Banana, pera, manzana, fruta joven | Ésteres de fermentación junto con compuestos de la uva y microbianos | Que un solo éster explique todo el perfil frutal |
| Mantequilla o caramelo de mantequilla | Diacetilo y metabolismo maloláctico, modificados por matriz y condiciones de bodega | Que el vino necesariamente haya pasado por roble |
| Vainilla, coco, clavo, tostado | Compuestos de la madera, química del tostado, extracción, oxígeno e interacciones | El bosque, tostado, recipiente o duración exactos |
| Pan, brioche, frutos secos, miel | Composición del vino base, segunda fermentación, lías, crianza y química de óxido-reducción | Un número exacto de meses sobre lías |
| Fruta seca, tabaco, tierra sabrosa | Reacciones de envejecimiento, cambios en ésteres, liberación de precursores, oxígeno, azufre y aldehídos | Que un vino viejo sea necesariamente mejor |
Cómo pensar en el origen mientras catas
No necesitas un laboratorio para razonar con más cuidado sobre el aroma. Necesitas mejores preguntas.
1. Empieza por la familia sensorial
¿La impresión es principalmente frutal, floral, herbácea, especiada, amaderada, fermentativa, terrosa, azufrada u oxidativa?
2. Pregunta si encaja con una historia plausible
Un Syrah especiado, un Moscatel floral, un Chardonnay mantecoso o un Rioja marcado por madera poseen rutas plausibles. La familiaridad, sin embargo, no constituye una prueba.
3. Observa qué cambia con el aire y la temperatura
Una nota de azufre puede disminuir. La madera puede integrarse. La fruta de un vino frío puede parecer más viva al calentarse y después más pesada si la temperatura sube demasiado. El cambio también forma parte de la evidencia.
4. Decide si el aroma está integrado o domina
Un compuesto puede aportar complejidad por debajo del nivel en que se vuelve evidente como un objeto reconocible.
5. Separa percepción de inferencia productiva
Escribe “vainilla y tostado” antes de escribir “roble francés nuevo”. Lo primero es una observación. Lo segundo es una hipótesis.
6. Conserva al menos una explicación alternativa
La mantequilla puede sugerir diacetilo, pero la percepción depende de concentración y matriz. El carácter verde puede involucrar metoxipirazinas, partes vegetales, hierbas o interacciones. Una nota madura de frutos secos puede reflejar crianza y no únicamente lías.
Esta disciplina no vuelve menos poética la cata.
Vuelve responsable su poesía.
De una lista de olores a la historia del vino
El aroma comienza antes de la vendimia y continúa después de cerrar la botella.
La vid determina posibilidades genéticas. La temporada y el viñedo moldean la materia prima. La cosecha y el procesado deciden qué entra en el mosto. La levadura crea y libera compuestos. Las bacterias pueden suavizar la acidez y modificar el aroma. El roble aporta y transforma señales. Las lías y el oxígeno influyen en la evolución. El tiempo cambia el equilibrio. La copa, la temperatura y la persona que bebe completan la experiencia.
Ask Sommelier AI aborda las notas de cata con ese mismo espíritu: no como una competencia para nombrar más objetos, sino como un intento de explicar qué resulta plausible, qué permanece incierto y qué puede estar diciendo el vino sobre su estilo.
La próxima vez que una copa sugiera toronja, pimienta, vainilla o cuero, haz dos preguntas:
¿A qué huele esto?
Después:
¿Qué tuvo que ocurrir para que el vino llegara a oler así?
La primera pregunta te ofrece un descriptor.
La segunda comienza a contarte la historia del vino.
En el próximo artículo del Cellar Journal seguiremos uno de los términos más seductores —y debatidos— del vino: la mineralidad. ¿Es piedra, sal, acidez, química del azufre, textura, metáfora o una combinación de todo ello?
Referencias y lecturas complementarias
- Ferreira, V., & López, R. (2019). The Actual and Potential Aroma of Winemaking Grapes. Biomolecules, 9(12), 818. https://doi.org/10.3390/biom9120818
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- Black, C. A., Parker, M., Siebert, T. E., Capone, D. L., & Francis, I. L. (2015). Terpenoids and Their Role in Wine Flavour: Recent Advances. Australian Journal of Grape and Wine Research, 21, 582–600. https://doi.org/10.1111/ajgw.12186
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- Koch, A., Doyle, C. L., Matthews, M. A., Williams, L. E., & Ebeler, S. E. (2010). 2-Methoxy-3-isobutylpyrazine in Grape Berries and Its Dependence on Genotype. Phytochemistry, 71(17–18), 2190–2198. https://doi.org/10.1016/j.phytochem.2010.09.006
- Sala, C., Busto, O., Guasch, J., & Zamora, F. (2004). Influence of Vine Training and Sunlight Exposure on the 3-Alkyl-2-methoxypyrazines Content in Musts and Wines from Cabernet Sauvignon. Journal of Agricultural and Food Chemistry, 52(11), 3492–3497. https://doi.org/10.1021/jf049927z
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- Swiegers, J. H., Bartowsky, E. J., Henschke, P. A., & Pretorius, I. S. (2005). Yeast and Bacterial Modulation of Wine Aroma and Flavour. Australian Journal of Grape and Wine Research, 11, 139–173. https://doi.org/10.1111/j.1755-0238.2005.tb00285.x
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